viernes, 25 de septiembre de 2009

Frase de la semana: Nunca te dije

Nunca te dije que me escapaba cada noche sin que te dieras cuenta. A las 3.oo. Tic tac. Dormías profundamente. Lo sabía por esos terribles ronquidos que llevaban meses sin dejarme pegar ojo. Bajaba por el lado izquierdo, mi lado de la cama, despacito, hasta el suelo. Después gateaba (sí, lo hacía) hasta la puerta, para que si, por alguna remota casualidad te hubieras despertado, no pudieras descubrirme.

El pulso se me aceleraba cuando salía de la habitación. Las comisuras de los labios, tensas, no podían disimular una sonrisa -igual a la de los (tontos) enamorados-. Corría por el pasillo. Retiraba el baúl del suelo. Bajaba por la trampilla... Euforia. Un traje negro de lycra me esperaba al final del túnel. Luego, oscuridad. Metros y metros corriendo debajo de las calles de la ciudad. Pulsaciones a mil. Tum tum tum.

Nos reuníamos debajo de un antiguo teatro. Salíamos por una alcantarilla cercana a la puerta de atrás, esa por la que entran los actores, con sus maquillajes brillantes y las boas de plumas. Éramos unos diez... quizás quince. Nos mirábamos en silencio, desafiantes y a la vez eufóricos, cada uno resaltando más que el anterior, aunque nadie hubiera podido elegir un líder. Unidos por la maldad...

Sembrábamos las calles de terror, de sexo y de sangre.

Tic tac. 7.oo. Como vampiros descubiertos por las primeras luces del día... corríamos a refugiarnos en la alcantarilla de la calle 13. Esa del teatro viejo. De la entrada de los actores. De la purpurina.

Y, de nuevo, oscuridad.

De vuelta a través del túnel, los poros se llenaban de fatiga, de tristeza y frustración. De temor, de rencor, de odio. De nuevo un pijama, azul, impoluto, asqueante. La trampilla, el baúl con trastos viejos que no servían para nada, el deshacer el camino. Esta vez hasta la ducha. Luego hasta la cocina...

7.15. Ringggggg. Te levantabas con esa cara de desinterés por mí, por la vida. Yo te esperaba con el desayuno listo. Con una media sonrisa. Incapaz de mantenerla completa después de tantas decepciones. Un beso diurno. Sin energía, sin pasión. Sin (ningún) amor. Un hastaluego que no haría más que retrasar la rutina de cada tarde unas cuantas horas.

Un esperar a que te largases, condenada a ese martirio por ser demasiado cobarde. Por no atreverme a abandonar.