- Ven, vamos a jugar a algo.
Y tira la primera piedra. Al cinco.
- Uno, dos, tres, cuatro... ¡cinco!
Sonrisa. Le guiña un ojo. Él se pone rojo. Ella entonces ríe.
- Ahora tú; ten.
Y pone una piedra fría en su mano. Tímido, se envalentona y también le sonríe a ella. Tira la piedra. Cuatro.
-Uno, dos, tres... ¡cuatro!
El equilibrio no es lo suyo. Pero se mantiene en pie. Orgulloso de haber llegado casi hasta su compañera.
- Te voy ganando.
Le mira desafiante. No es una niña acostumbrada a perder. Tira. Saca dos. Gana. Él pierde. Ella, con ese aire de superioridad que la caracteriza, se le acerca mirándole desde lo alto. Por un momento, parece que él va a largarse. Que no tiene el valor de seguir jugando. Pero no. Duda y luego sonríe.
- ¿A que no puedes ganarme otra vez?
Sí. Tocada y hundida. La niña queda K.O. (...) Por un momento. Ya he dicho, que no está acostumbrada a perder. Así que se recompone enseguida y sin dudarlo, con más fuerza, con más ganas, sigue jugando. Una vez, y otra. Y otra. Y pierde. Y gana. Cada vez uno. Y así pasan toda la tarde. Riendo, jugando, bailando. Sufriendo, saltando. Horas. Días. Semanas, quizá meses.
...
Y tú, qué haces mirando.
¿No quieres jugar?
O quizá no sabes perder.
¿No quieres jugar?
O quizá no sabes perder.

No hay comentarios:
Publicar un comentario